domingo, 1 de diciembre de 2013

Monja, Soldado y... Lesbiana

Muchos creyeron que era varón, pero era mujer
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Catalina de Erauso más conocida como “La Monja Alférez” nació en San Sebastián (España, 1592) e hija de una distinguida familia. A muy corta edad fue internada en el convento, pero su carácter pendenciero y violento no era muy apropiado para la vida enclaustrada, amaba la libertad. Tras una riña con una novicia que se había atrevido a golpearla fue confinada a su celda, de la que escapó disfrazada de campesino. Contaba entonces 15 años de edad. Anduvo de pueblo en pueblo y llegó hasta Valladolid. Desde allí volvió a Bilbao. Todo este tiempo lo pasó disfrazada de hombre, con el pelo corto y usando distintos nombres, como Pedro de Orive, Francisco de Loyola, Alonso Díaz, Ramírez de Guzmán o Antonio de Erauso. Según parece su físico no era nada femenino, lo que le ayudaba en su engaño. Y un buen día embarcó hacia América y en Perú se alistó como soldado bajo el mando de distintos capitanes.
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En 1619, al servicio de la corona, luchó en la Guerra de Arauco contra los mapuches en el actual Chile, ganándose la fama de ser valiente y hábil con las armas y sin revelar que era una mujer. Con estos méritos alcanzó el grado de alférez. Y como era normal entre los soldados se vio envuelta en numerosas peleas y disputas, unas más graves que otras, hasta que fue condenada a muerte en La Paz (Bolivia), pero huyó.
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En sus memorias confiesa alguna aventura lésbica, como cuando una ventera la sorprende "andándole a la hija entre las piernas". En 1623 fue detenida en Huamanga (Perú) a causa de una disputa. Para evitar su ajusticiamiento pidió clemencia al primer obispo ayacuchano, Agustín de Carvajal, al que le contó que era en realidad una mujer y que había estado en un convento hace muchísimos años atrás. Tras un examen por parte de un conjunto de matronas, que determinaron que era cierto que se trataba de una mujer y que además era virgen, el obispo la protegió y ella se quedó por un buen tiempo en la ciudad (en el Convento de Santa Clara). Meses después el obispo murió y la pobre Catalina fue enviada a España. (Lea aquí: La Monja Alférez en Guamanga).
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En España, el rey Felipe IV le mantuvo su graduación militar, con una pension de 800 ducados y la llamó “monja alférez”, a la vez que le permitía emplear su nombre masculino. El relato de sus aventuras se extendió por toda Europa hasta que fue entrevistada por el mismísimo papa Urbano VIII. El sumo pontífice autorizó a que ella continuara vistiendo de hombre, pero debía llevar una vida tranquila y dedicada a Dios. Luego, viajó a Nápoles y otras ciudades donde su presencia suscitaba sorpresa y admiración.
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En 1630 se instala en México, probablemente en la ciudad de Orizaba (Veracruz), donde regentó un negocio de transporte de mercancías. Finalmente escribió o dictó su biografía: en el que narra sus increíbles andanzas como si fuera una Quijote. Murio en Cuitlaxtla (México, 1650).
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La increible historia de esta “mujer- hombre” no pasó desapercibida para el celuloide (cine), ya que en 1944 el director mexicano Emilio Gomez Muriel adaptó la biografía de Catalina con la genial actriz María Felix. Y en 1986 el realizador español Javier Aguirre Fernández hizo una nueva adaptación con la espectacular Esperanza Roy.
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Versión cinematográfica de 1944 y de 1986

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